martes, 19 de septiembre de 2017

Os presento mi nuevo espacio

Si me leeis hace tiempo, os informo de mi nueva mudanza aprovechando el veranito. Es posible que siga publicando entradas por aquí de índole personal o de opiniones, pero si quieres saber más de mí, bueno, de Ascen Núñez como autora, te invito a que visites mi recién estrenada página web y a que me sigas también ahí. Ya te anticipo que, de aquí a nada, podrás encontrar la primera entrega de una saga de novelas de amor con el punto en común de que alguno de sus protagonistas ha sido descartado por el amor. De ahí que todas vayan a ser publicadas bajo el título común de Corazones desahuciados. Os invito a descubrirlas. Pero ya no será aquí, sino en mi nueva página web




miércoles, 10 de mayo de 2017

Si te gustó 50 sombras, ni se te ocurra leer Un amor a sus pies

No, no es un truco de marketing, es una advertencia de una autora honrada. ¿Quieres saber por qué?
En apariencia, su portada te puede sugerir que tratan de lo mismo, de una historia de amor y de BDSM, ya no solo como 50 sombras sino como tantas otras que existen en el mercado y tratan el tema desde un punto más o menos parecido a esta.



Una vez advertido esto, paso a enumerarte las diferencias:
El personaje masculino, Christian Grey (y, por extensión, el resto de personajes masculinos de novelas similares), está forrado. Gabriel es un simple funcionario, y encima de Hacienda. Casi ná.
Grey, al igual que la mayoría de protagonistas de novela erótica con temática BDSM, es Amo; Gabriel es sumiso, por si no ha quedado claro después de ver esta imagen o el booktráiler.
Hay una cosa que no me gustó de 50 sombras, y es que Anastasia se pasa toda la novela intentando cambiar a Grey y viceversa. Conchita y Gabriel se aceptan como son y ninguno pretende cambiar al otro. El amor consiste en aceptar a la persona, no en convertirlo en quien quieres que sea, y por eso lo reflejo así en mi novela.
Según mi punto de vista (bueno, toda esta entrada es producto, por supuesto, de mi punto de vista y no una verdad absoluta), me da la sensación de que E.L. James no tiene mucha experiencia en ciertos temas sexuales y me da que tampoco se ha documentado demasiado bien, tal vez confiando en que su propia imaginación le podría asistir. Es una pena que a esta autora le dé el impulso de escribir sobre prácticas tan morbosas y no se atreva a juguetear un poco. ¿Semen salado? ¿En serio? No es que yo sea Valerie Tasso, pero esa descripción me sacó un poco de mis casillas. Señora James, ligeramente amargo, entre mil matices y texturas más, y déjese de tanto misionero. Hay que divertirse. En mi caso, bueno, no voy a decir hasta dónde llegué para escribirla, eso lo dejo a la imaginación de cada cual, pero sí digo que me divertí mucho mientras la creaba y me documentaba. La vida es corta y hay que disfrutarla.
Otra cosa a destacar es la idea generalizada que encontramos en este tipo de novelas, de que, quien practica BDSM es alguien a quien le falta un tornillo o ha tenido algún tipo de trauma anterior. Conchita y Gabriel tienen sus fantasmas particulares como los tiene cualquier hijo de vecino, pero no tienen grandes traumas ni son asiduos visitantes al psiquiatra, sino gente normal que se siente diferente y punto. Eso es lo que aprendí en el tiempo en que me adentré en esta comunidad con intención de descubrir qué les movía a este tipo de prácticas. En lugar de encontrarme con unos grillados, hallé a gente muy inteligente y muy creativa, con sentimientos viscerales pero capaces de controlar sus impulsos para no dañar al otro, en el caso de l@s dominantes, y de dejarse llevar hasta el infinito y más allá en el de las personas sumisas. También me topé con algunos escritores, dicho sea de paso. ¡Ups! Ahora que me leo, creo que doy el perfil, jeje.
Volviendo al tema Grey en concreto, advertir que la prosa me decepcionó un poco. Si bien, el narrador es genial, hasta el punto de haberse imitado hasta la saciedad en otras novelas, hay un abuso de clichés y frases repetitivas, que, por otra parte, fue el secreto para llegar a todo tipo de lectores, tanto con estudios universitarios como con la educación básica. En "Un amor a sus pies" el narrador es en tercera persona subjetiva, no quise plagiar su primera persona en presente absoluto, y fue difícil entrar desde ahí a los personajes, por eso tuve que suplirlo con una prosa más rica. Pero no te asustes, que no te vas a encontrar lenguaje enrevesado ni nada que no vayas a ser capaz de leer, tengas la cultura que tengas.
Y si, después de leer el prospecto de mi medicamento contra el aburrimiento y de haber aceptado sus efectos secundarios, decides leer “Un amor a sus pies”, espero que la disfrutes. Y no se te olvide dejar un comentario en la plataforma donde la adquieras, sobre todo si es para decir lo que menos te ha gustado, porque la opinión de mis lectores es fundamental para seguir mejorando. Eso sí, tampoco me pongas por los suelos, sé constructiv@ 😊.

miércoles, 26 de abril de 2017

Booktráiler de "Un amor a sus pies"

Ayer, 24 de abril, salió por fin mi novela "Un amor a sus pies", el renacer de una mujer que un día fue fuerte, cuya alma fue tocada por la traición y su orgullo mancillado y pisoteado; un corazón lleno de miedos y una mente colmada de prejuicios que la separan de la felicidad que Gabriel le ofrece de forma desinteresada. ¿Te atreves a perderte en su peculiar historia? Te garantizo que no has leído nada igual. Aquí te dejo el booktráiler para que juzgues tú mism@.




viernes, 14 de abril de 2017

¿Tú qué eres: Anastasia o Conchita?

Cuando yo empecé a leer romántica, allá por los doce años, las protagonistas femeninas se derretían, se dejaban deslumbrar por el personaje masculino, que era idealizado, perfecto y te llevaba por un camino lleno de rosas; o ellas lo veían así, incluso aunque las hubieran raptado o violado al principio de la novela (sí, las he leído así, no hablo por hablar). Precisamente, y ya pasando de la literatura al cine, el otro día estuve viendo Titanic, una película que no me canso de ver pero que, con el tiempo, su historia de amor me va resultando cada vez más ñoña y pastelosa, además de irreal e increíble.

Ahora es cuando me decís que estoy de la olla y que tengo el romanticismo en el culo. Pero vamos a observarlo desde un punto de vista analítico y luego me dáis vuestra opinión: A ver ¿por qué una mujer deselvuenta como Rose, que se sienta a la mesa entre hombres de mundo, incluido su novio, y les da tres vueltas en cuanto a ingenio se vuelve una completa estúpida en cuanto se acerca a Jack? Sus conocimientos, sus años de universidad, su cultura, desaparecen para volverse una nena bobalicona que le ríe las gracias a un hombre que lo único que tiene es ser guapo (bueno, vale, y que pinta muy bien y a ella le chifla el arte). Ya, ya... Me vais a matar por lo que digo. Yo también he vivido años encandilada por Jack Dawson, pero de repente, mis ojos se abrieron el otro día al ver por enésima vez una de mis películas favoritas y me di cuenta de que, a día de hoy, ese tipo de personajes no deberían llegar al corazón de la mayoría de las lectoras.

Pero bueno, esta película, ambientada a principios del siglo pasado, cuando las mujeres éramos meros objetos que los hombres usaban a su antojo y que cada hija de vecino manipulaba como bien podía, se puede medio comprender; lo peor llega cuando ocurre en novelas actuales. Ahí ya no lo entiendo, de verdad; no me entra en la cabeza que aún sigan triunfando los buenorros que van de duros e insensibles y la dejan a una vomitando arcoiris a la menor de sus sonrisas (ya sea en la pantalla o descritas por la prosa de una escritora de romántica) en detrimento de otro tipo de hombres más amables y menos independiente, menos fríos, menos egoístas, menos... ¿machotes?

Pues yo me rebelo. ¡No me da la gana! Estoy harta de los hombres endiosados y las bobas; porque me repatean esta clase de tíos, aunque sean ficticios; porque se puede escribir una historia de amor sin que la mujer agache la cabeza. Nos tienen metido en el coco, desde que somos unas mocosas, que para amar a un hombre hay que darlo todo. ¡Ay, madre! Yo eso lo hice una vez y me quedé sin nada. Y no, no amé más a mi primer marido por haberle entregado todo que a quien es el amor de mi vida y al que le doy todo lo que soy y sin entregarme. De ahí que saliera mi nuevo lema: "Porque en el amor se puede dar el alma sin entregar la voluntad".


Así es como intento dibujar a mis personajes, y digo intento porque me da a mí que mi cerebro aún guarda resquicios y clichés del macho malote, pero intento ir desterrándolo de mis historias poco a poco, hasta que solo sea un mero recuerdo. ¿Y cuál ha sido la forma de hacerlo esta vez? La más radical. ¿Para qué voy a andarme con medias tintas? He cogido el personaje más detestado por mí y le he dado la vuelta a la tortilla. Sí, eres tú, Christian Grey, que intentas imponer a una mujer ajena a la comunidad "bedesemera" tu santa voluntad y encima a ella se le derrite el... (llámalo como quieras) por ti. Y así es como he dado vida a una mujer aterrada ante el hecho de volver a amar, una mujer a la que ya le destrozaron el alma y la dejaron sin nada (para lo cual no me he tenido que romper la cabeza para empatizar, como habréis adivinado); la misma mujer que se siente culpable por no entregarse por entero sin saber que ya lo está dando todo.

¿Por qué he usado el BDSM para simbolizarlo? Pues por lo que dije antes: para dar un giro de ciento ochenta grados al gran ídolo de tantas y tantas lectoras. ¿Qué pretendo con ello? Buscar a esas mujeres que se quedaron con las ganas de coger a ese imbécil y meterle la corbata en la boca para que dejara de obligar a comer a Anastasia como una madre pesada hace con un niño de cinco años, de ponerselo en las piernas y dejarle el trasero como un tomate murciano, de obligarlo a besar el suelo que pisan y arrastrarse a nuestros pies, de tantas cosas perversas para hacerle morder el polvo y agachar la cabeza... Sí, es posible que eso no fuera lo que pensábais hacer con Grey, pero yo... jejeje.

Y ahora, después de toda esta charla, te pregunto: ¿Tú qué eres: Anastasia o Conchita?

martes, 7 de marzo de 2017

¿Por qué leemos romántica?

Esa es la pregunta que me hago algunas veces. ¿Por qué nos empeñamos en perdernos en historias perfectas para luego abandonar el libro sobre la mesita de noche y encontrar al otro lado a un hombre normal y corriente que en nada se parece a esos hercúleos cuerpos tras los que se esconden hombres maravillosos que pondrían el mundo a nuestros pies? Y lo mejor de todo es saber que, si uno de esos personajes escapara del libro como hiciera Morten Harket en el videoclip de su canción "Take on me", nosotras, ni muertas dejaríamos a ese ser imperfecto, calvo y barrigón que duerme a nuestro lado por correr tras el hombre ideal (sí, sí, ya sé que tú estás diciendo que si, pero en el fondo, sabes que no lo harías).
Nos dejamos llevar por lo que la sociedad dice que se supone estar bien o mal, pero yo creo firmemente que el ser humano es poligamo por naturaleza, y no solo el hombre como nos hacen creer, las mujeres también lo somos. La ley de la selva nos llama a mejorar la especie. Sin embargo, el amor nos ata con suaves y firmes lazos a la persona con quien compartimos nuestra vida, ese hombre que casi forma parte de nosotras mismas, el complice, el aliado, el confesor, el compañero que nosotras mismas hemos elegido. No obstante, ese impulso sigue ahí dentro nordisqueando las entrañas y necesita alimentarse de alguna manera.

 The reader
Photo credit: jaci XIII via Foter.com / CC BY-NC-SA

Las más osadas se dejan llevar por él, bien a espaldas de la pareja o con su consentimiento (amores hay tantos y tan distintos como individuos hay), pero lo normal es que lo alimentemos a base de fantasías. Y ahí aparecemos nosotras, las escritoras de romántica, para llenar ese huequecillo que muy pocas se atreven a explorar. Y nos enamoramos como locas de nuestros personajes, los inventamos a nuestro gusto y los sacamos al mundo para que otras disfruten de ellos, se enamoren de la misma forma que nosotras lo hicimos y fantaseen con encontrar algún día un hombre igual de carne y hueso.
Pero no nos engañemos, ellos son seres ideales, sacados a la fuerza del mundo de las ideas más platónico y forzados a bajar a la tierra para esconderse entre las páginas de un libro. Jamás encontrarás a alguien igual, entre otras cosas porque seria aburridísimo aguantar al hombre perfecto hasta que la muerte nos separe; pero el nacimiento de esa ilusión que te va embargando conforme las páginas pasan, que hace volar a tu corazón como el de una adolescente, es la que alimenta esa parte oscura, oculta y reprimida por nosotras mismas y nos hace felices; dispara nuestras endorfinas, hace brillar nuestros ojos y ver al que duerme a nuestro lado idealizado y hasta más delgado y con más pelo.
¿Y si nos dejáramos arrastrar por el instinto primitivo en lugar de dejarnos engañar por las historias que una loca como yo pudiera crear? ¿Y si dejásemos suelto a ese bicho que nos susurra al oído que busquemos un mejor especímen que nos dé mejor simiente y así ayudar a la evolución? Estaría bien si las leyes permitieran la poligamia, pero, como no es el caso y, además, con el tiempo y tras tener a dos maridos en casa, acabaríamos deseando sentir ese gusanillo otra vez, buscaríamos un tercero, un cuarto... Las mujeres somos de relaciones estables y no nos vale picar de flor en flor; así que, para no vivir en una situación ilegal y no complicarnos la vida, ¿que os parece si seguimos leyendo romántica, enamorándonos de esos hombres perfectos, altos, guapos, con un torso estupendo y con una capacidad inimaginable para enamorarse de la protagonista femenina que, a fin de cuentas, acabamos por sentirla como si fuéramos nosotras mismas? ¿Qué tal si alegramos la vida al hombre que duerme al otro lado de la cama y lo idealizamos como si, de pronto, se hubiera convertido en aquel highlander por el que no dejamos de suspirar?
Sé feliz. Fantasea. Vive al límite pero sin complicaciones. Lee romántica.

domingo, 4 de diciembre de 2016

El valor de una buena crítica

Hace unas semanas comencé el periplo de enviar el manuscrito de mi novela recién terminada a los lectores cero con el objetivo de contar con una opinión externa que me advierta de esas cosas que yo, como autora que observo mi obra desde dentro, no sería capaz de vislumbrar sin su ayuda inestimable. La verdad es que, algunas veces, esta tarea resulta infructuosa porque a la gente le da reparo ofenderte y te acaba diciendo que la novela es preciosa y te da un par de sugerencias para quedar bien. Pero, afortunadamente, no siempre es así.
Entre toda esa gente le envié mi novela terminada a una vieja amiga, devoradora de género romántico y erótico, con la esperanza de que su lengua viperina y su forma clara de hablar me proporcionara una buena crítica constructiva que me ayudara de verdad a reparar eos errores invisibles para mí. La verdad, ella siempre había leído mis manuscritos perdidos en un cajón y había disfrutado de mis historias inéditas durante el tiempo en que fuimos vecinas, pero por circunstancias perdimos el contacto y, hace unos meses gracias a Facebook, volví a saber de ella. Así que conociéndola, pensé: "seguro que no voy a encontrar a otra persona como ella: clara, honesta, sin pelos en la lengua y capaz de decirte hija de puta a la cara y no temblarle ni el pulso".
Y no me equivoqué. Después de decirme que el argumento era buenísimo y que le encantaba el tema que trataba, comenzó a advertirme de errores tan garrafales que, si no hubiera sido por ella, mi pobre historia habría pasado inadvertida entre el final de las listas de ventas de amazon sin que nadie supiera de su existencia, aún siendo la novela buena. ¿Mi error? Que a veces se me olvida que no escribo para ser un premio Nobel de literatura, que mi objetivo es llegar a la gente de la calle y que no puedo perderme en aparatosas descripciones en el primer capítulo si no quiero espantar al ochenta por ciento de mis lectores. ¿Por qué nadie me lo había dicho antes? ¿Por qué la gente no da más opiniones en las plataformas donde se venden nuestras novelas? ¿Por qué a nuestros amigos les da tanto reparo decirnos que nuestra novela hace aguas? En fin...
Después vino una antigua compañera de editorial que protestaba en Facebook porque había leído un sinfín de novelas eróticas y parecían una la copia de otra, así que me dije que sería una buena lectora potencial de aquello que se había estado cociendo en mi horno durante el último año y medio. Y sí, le encantó, le entusiasmó, pero volvió a ponérmela patas arriba y todavía sigo corrigiendo y corrigiendo para recomponerla.

¿Y por qué narices os cuento yo todo esto? Si es que me voy por las ramas... Pues eso, que quería agradecer a todas esas personas que se atreven a hacer comentarios en amazon, en mi perfil del Rincón de la Novela Romántica o en otras tantas plataformas digitales donde se vende mi libro.Y me da lo mismo que sean buenos o malos, pero para ser honestos, diré que casi prefiero los últimos porque es el conocimiento de mis errores lo que me llevará a mejorarme como escritora. Y quiero hacer una mención especial a mis amigas Paloma de la Fuente y Maroussia Karax por tener los santos arrestos de decirme a la cara: "oye, nena, que el primer capítulo de tu novela me aburre una barbaridad y sería una pena que lo hubiera dejado ahí y haberme perdido el pedazo de historia que viene detrás" o "esta novela pide otro final, no me he leído toda la historia para quedarme a medias".
¿Qué más puedo decir? Pues eso: muchas gracias, chicas, por no tener pelos en la lengua y ayudarme a mejorar.

lunes, 29 de agosto de 2016

Adentrándome en el erotismo

Nunca fui partidaria de tirar por el camino fácil y atrapar al lector por su instinto más primitivo. Siempre había defendido que es preferible enganchar con una buena historia capaz de envolver y apresar a quien ose abrir mi libro de tal forma que sea incapaz de soltarlo, que coma y duerma lo suficiente para seguir leyendo hasta llegar al desenlace de una historia adictiva creada por mí.
Pero Conchita no pensó lo mismo cuando fue abordada por aquel hombre atrevido en un vagón del metro; ese ser reprimido se liberó de sus cadenas al contacto con la cálida piel de Gabriel, y se llevó mis remilgos, mis "yo no me gano lectoras por la entrepierna" y tantas palabras que dije en su día y que me fui tragando una a una.
Y me sumergí, mi propia historia me atrapó y me transportó a un mundo donde las personas entregan sus voluntades por amor, donde el dolor no es más que el preámbulo del éxtasis y la humillación una prueba más de la veneración por el ser amado. Y Conchita se hizo con el poder. Atrapó a Gabriel y se adueñó sin permiso de mi pluma para adentrarme en un mundo oscuro donde se escondían el amor, la pasión, el placer sin límites y la total entrega al ser adorado tras un falso muro de dolor y maltrato. Mis fantasmas, acallados, reprimidos e ignorados durante años, emergieron para hacer realidad el milagro de un sentimiento infinito y más hermoso de lo que jamás una escritora como yo pudo imaginar.
Me di una lección a mí misma al zambullirme de lleno en mi propio personaje para enseñarme que la belleza y los sentimientos profundos no se encuentran solamente entre suaves nubes rosas de algodón, sino también ocultos en aquel corazón que late bajo un ajustado traje negro de vinilo.
Llegada a la recta final, tan solo he tenido que dejar que Conchita dictase a mi oído el desenlace de esta historia que cambió para siempre mi forma de ver la vida, el amor y la literatura.