lunes, 29 de agosto de 2016

Adentrándome en el erotismo

Nunca fui partidaria de tirar por el camino fácil y atrapar al lector por su instinto más primitivo. Siempre había defendido que es preferible enganchar con una buena historia capaz de envolver y apresar a quien ose abrir mi libro de tal forma que sea incapaz de soltarlo, que coma y duerma lo suficiente para seguir leyendo hasta llegar al desenlace de una historia adictiva creada por mí.
Pero Conchita no pensó lo mismo cuando fue abordada por aquel hombre atrevido en un vagón del metro; ese ser reprimido se liberó de sus cadenas al contacto con la cálida piel de Gabriel, y se llevó mis remilgos, mis "yo no me gano lectoras por la entrepierna" y tantas palabras que dije en su día y que me fui tragando una a una.
Y me sumergí, mi propia historia me atrapó y me transportó a un mundo donde las personas entregan sus voluntades por amor, donde el dolor no es más que el preámbulo del éxtasis y la humillación una prueba más de la veneración por el ser amado. Y Conchita se hizo con el poder. Atrapó a Gabriel y se adueñó sin permiso de mi pluma para adentrarme en un mundo oscuro donde se escondían el amor, la pasión, el placer sin límites y la total entrega al ser adorado tras un falso muro de dolor y maltrato. Mis fantasmas, acallados, reprimidos e ignorados durante años, emergieron para hacer realidad el milagro de un sentimiento infinito y más hermoso de lo que jamás una escritora como yo pudo imaginar.
Me di una lección a mí misma al zambullirme de lleno en mi propio personaje para enseñarme que la belleza y los sentimientos profundos no se encuentran solamente entre suaves nubes rosas de algodón, sino también ocultos en aquel corazón que late bajo un ajustado traje negro de vinilo.
Llegada a la recta final, tan solo he tenido que dejar que Conchita dictase a mi oído el desenlace de esta historia que cambió para siempre mi forma de ver la vida, el amor y la literatura.