martes, 7 de marzo de 2017

¿Por qué leemos romántica?

Esa es la pregunta que me hago algunas veces. ¿Por qué nos empeñamos en perdernos en historias perfectas para luego abandonar el libro sobre la mesita de noche y encontrar al otro lado a un hombre normal y corriente que en nada se parece a esos hercúleos cuerpos tras los que se esconden hombres maravillosos que pondrían el mundo a nuestros pies? Y lo mejor de todo es saber que, si uno de esos personajes escapara del libro como hiciera Morten Harket en el videoclip de su canción "Take on me", nosotras, ni muertas dejaríamos a ese ser imperfecto, calvo y barrigón que duerme a nuestro lado por correr tras el hombre ideal (sí, sí, ya sé que tú estás diciendo que si, pero en el fondo, sabes que no lo harías).
Nos dejamos llevar por lo que la sociedad dice que se supone estar bien o mal, pero yo creo firmemente que el ser humano es poligamo por naturaleza, y no solo el hombre como nos hacen creer, las mujeres también lo somos. La ley de la selva nos llama a mejorar la especie. Sin embargo, el amor nos ata con suaves y firmes lazos a la persona con quien compartimos nuestra vida, ese hombre que casi forma parte de nosotras mismas, el complice, el aliado, el confesor, el compañero que nosotras mismas hemos elegido. No obstante, ese impulso sigue ahí dentro nordisqueando las entrañas y necesita alimentarse de alguna manera.

 The reader
Photo credit: jaci XIII via Foter.com / CC BY-NC-SA

Las más osadas se dejan llevar por él, bien a espaldas de la pareja o con su consentimiento (amores hay tantos y tan distintos como individuos hay), pero lo normal es que lo alimentemos a base de fantasías. Y ahí aparecemos nosotras, las escritoras de romántica, para llenar ese huequecillo que muy pocas se atreven a explorar. Y nos enamoramos como locas de nuestros personajes, los inventamos a nuestro gusto y los sacamos al mundo para que otras disfruten de ellos, se enamoren de la misma forma que nosotras lo hicimos y fantaseen con encontrar algún día un hombre igual de carne y hueso.
Pero no nos engañemos, ellos son seres ideales, sacados a la fuerza del mundo de las ideas más platónico y forzados a bajar a la tierra para esconderse entre las páginas de un libro. Jamás encontrarás a alguien igual, entre otras cosas porque seria aburridísimo aguantar al hombre perfecto hasta que la muerte nos separe; pero el nacimiento de esa ilusión que te va embargando conforme las páginas pasan, que hace volar a tu corazón como el de una adolescente, es la que alimenta esa parte oscura, oculta y reprimida por nosotras mismas y nos hace felices; dispara nuestras endorfinas, hace brillar nuestros ojos y ver al que duerme a nuestro lado idealizado y hasta más delgado y con más pelo.
¿Y si nos dejáramos arrastrar por el instinto primitivo en lugar de dejarnos engañar por las historias que una loca como yo pudiera crear? ¿Y si dejásemos suelto a ese bicho que nos susurra al oído que busquemos un mejor especímen que nos dé mejor simiente y así ayudar a la evolución? Estaría bien si las leyes permitieran la poligamia, pero, como no es el caso y, además, con el tiempo y tras tener a dos maridos en casa, acabaríamos deseando sentir ese gusanillo otra vez, buscaríamos un tercero, un cuarto... Las mujeres somos de relaciones estables y no nos vale picar de flor en flor; así que, para no vivir en una situación ilegal y no complicarnos la vida, ¿que os parece si seguimos leyendo romántica, enamorándonos de esos hombres perfectos, altos, guapos, con un torso estupendo y con una capacidad inimaginable para enamorarse de la protagonista femenina que, a fin de cuentas, acabamos por sentirla como si fuéramos nosotras mismas? ¿Qué tal si alegramos la vida al hombre que duerme al otro lado de la cama y lo idealizamos como si, de pronto, se hubiera convertido en aquel highlander por el que no dejamos de suspirar?
Sé feliz. Fantasea. Vive al límite pero sin complicaciones. Lee romántica.